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La revolución de la panza




Opinión  |  26-08-2026  

Por: Lic. en Comunicación Social y Periodismo Juan Larrea

Nos quieren hacer creer que nuestra realidad se mide únicamente en índices financieros, en la fluctuación del riesgo país o en la suba del dólar. Sin embargo, la verdad es mucho más simple y digna: al pueblo no lo mueven las pizarras del mercado; lo mueve la revolución de la panza, el motor del hambre que no puede esperar.

 

Detrás de cada cifra de ajuste, hay familias reales que hoy deben elegir qué plato de comida recortar. Hay jubilados que ya no alcanzan a pagar sus medicamentos esenciales y trabajadores que ven cómo su esfuerzo se disuelve frente a una inflación que no da tregua. En un país que produce alimentos para 400 millones de personas, es inadmisible la insensibilidad de un gobierno nacional que desprotege a sus sectores más vulnerables.

 

Gobernar no puede ser únicamente una tarea fría de contabilidad. La economía debe tener como fin último el bienestar del pueblo, no su asfixia. La falta de medicamentos, el ajuste violento sobre los jubilados y el abandono a las personas con discapacidad no son medidas de orden económico, sino una alarmante falta de ética y humanidad en la gestión pública.

 

Hoy nos convoca una realidad que no podemos ignorar. Cuando el fruto del esfuerzo diario no alcanza para llevar el pan a la mesa, cuando el trabajo honesto se enfrenta a la indiferencia de quienes deberían garantizar nuestro bienestar, el silencio no es una opción. La verdadera fortaleza de una nación no reside en los discursos de sus gobernantes, sino en la dignidad de su pueblo.

 

Un llamado a la unidad y la dignidad

 

No podemos permitir que la resignación nos divida. La falta de oportunidades y la injusticia social no distinguen entre colores políticos; nos afectan a todos por igual. Por eso, hoy más que nunca, el camino es la unidad. Unidad para defender el derecho a un trabajo digno. Unidad para recuperar la soberanía sobre nuestro propio destino. Unidad para construir un país donde la justicia social no sea una utopía, sino una realidad cotidiana.

 

No hay teoría económica que explique el plato vacío sobre la mesa, ni discurso político que llene el estómago de un hijo. La verdadera urgencia no se debate en oficinas climatizadas; se padece en cada hogar donde el esfuerzo diario ya no alcanza para lo básico. Porque la dignidad de un pueblo no se negocia, y su voz siempre se hará escuchar cuando lo que está en juego es el pan de cada día.

 

Un país no crece dejando a su gente desamparada en el camino. Frente a este escenario de recortes feroces, urge recuperar la sensibilidad social y la solidaridad colectiva. No podemos naturalizar el desamparo ni aceptar de brazos cruzados que el costo de la crisis lo paguen siempre los mismos. "Cuando los pueblos agotan su paciencia, suelen hacer tronar el escarmiento."

 

En conclusión, la afirmación de que el bienestar del pueblo debe ser la prioridad de cualquier gobierno es irrefutable. La unidad y la dignidad son nuestras herramientas para enfrentar la adversidad y construir un futuro donde la justicia social sea una realidad tangible. El camino hacia la transformación comienza con la conciencia colectiva y la acción conjunta.







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