El gobierno de Javier Milei sumó este martes un nuevo capítulo a su manual de desprotección sanitaria. Tras cumplirse el plazo de un año desde la notificación formal, la Argentina dejó oficialmente de pertenecer a la Organización Mundial de la Salud (OMS).
La medida, que el oficialismo intentó disfrazar bajo el concepto de "soberanía sanitaria", no es más que un peligroso alineamiento ideológico con los sectores más reaccionarios de los Estados Unidos y un abandono explícito de las responsabilidades del Estado sobre la vida de los 46 millones de argentinos.
Alineamiento que cuesta vidas
La salida se produjo en espejo con la decisión tomada por la administración republicana en Washington, evidenciando que la política exterior de la Casa Rosada no se decide en Buenos Aires, sino que responde a intereses foráneos.
Mientras el canciller Pablo Quirno celebró en redes sociales la "recuperación de la capacidad de decisión", en los hospitales públicos del país la preocupación es total.
Al romper con el organismo dependiente de la ONU, la Argentina quedó fuera del principal sistema de alerta temprana ante pandemias y brotes de enfermedades infectocontagiosas (como la viruela del mono o el dengue, que azota nuestra región).
El daño va mucho más allá de las emergencias:
Adiós a la asistencia técnica: Se perderá el acceso a protocolos internacionales actualizados para el tratamiento del cáncer, la diabetes y la salud mental.
Vulnerabilidad farmacológica: El país quedará excluido de los mecanismos de compra conjunta de vacunas e insumos, lo que encarecerá los costos de un sistema de salud ya desfinanciado.
Aislamiento científico: La comunidad médica argentina desaprovechará puentes clave para la investigación y el financiamiento de programas específicos contra la desnutrición infantil y la salud reproductiva.
El disfraz de la "Libertad"
Para justificar este retroceso histórico, el jefe de Gabinete, Manuel Adorni, volvió a apelar al resentimiento por las medidas sanitarias tomadas durante la pandemia de COVID-19, calificándolas como "el encierro más largo de la historia".
Bajo esta narrativa, el Gobierno prefirió romper el termómetro antes que enfrentar la realidad: la salud pública argentina entra en una zona de sombras donde la única ley que regirá será la del mercado.
En esta línea, la administración libertaria sostiene que se manejará mediante "acuerdos bilaterales". Sin embargo, la historia demostró que, sin el paraguas de organismos multilaterales, los países periféricos quedan a merced de las condiciones impuestas por los grandes laboratorios y las potencias mundiales.
Un país sin derechos
Mientras el Gobierno celebró su "independencia" de la OMS, las pymes marchan al Congreso y negocios históricos cierran sus puertas víctimas del ajuste. Esta salida del organismo sanitario no es un hecho aislado: es parte del desguace de un Estado que ha decidido que la salud ya no es un derecho, sino un gasto que se debe recortar.
En un mundo cada vez más interconectado y amenazado por crisis sanitarias recurrentes, Milei decidió apagar el radar. A partir de hoy, ante la próxima emergencia global, la Argentina estará sola, desarmada y con el Ministerio de Salud reducido a su mínima expresión.
