El cuarto incremento de combustibles en un solo mes cruzó un umbral simbólico y económico, transformando el gasto de cargar el tanque en un "impuesto al movimiento".
Este goteo constante, lejos de ser un costo aislado, activa un demoledor efecto dominó que presiona el precio del pan, la leche y cada producto que llega a la mesa familiar, golpeando el ingreso disponible con la precisión de un bisturí.
El 25 de noviembre ha marcado un punto de inflexión. No solo porque las principales petroleras (YPF, Axion, Shell) aplicaron el cuarto incremento del mes, una anomalía que exige una mirada analítica, sino porque el precio de un litro de nafta premium rebasó, de manera tangible y visible, la barrera psicológica de los $ 2.000.
El aumento constante del combustible es, en esencia, un impuesto universal y regresivo aplicado al movimiento. Cada vez que un conductor acerca la tarjeta o el billete al surtidor, no solo está pagando el desplazamiento de su vehículo particular; está financiando, sin saberlo, la próxima suba de precios en el supermercado.
La suba que se "Hace Ver"
La abstracción de los números debe convertirse en una imagen vívida para comprender el daño. Imaginemos la ruta 11, la 86 o cualquier arteria vital del país. Por allí circulan camiones que transportan desde la leche en sachet hasta los materiales de construcción. Cada porcentaje que sube la nafta o el gasoil es un centavo extra que se adhiere a la mercancía transportada. Este es el famoso efecto (de segunda ronda) de la inflación, que transforma un costo de origen (la energía) en un costo final (el bien de consumo).
Cuando la nafta premium de Axion llega a $ 2.029 o el diésel supera los $ 1.800, la ecuación del flete cambia drásticamente. El costo de mover una bolsa de cemento 500 kilómetros se encarece.
¿Quién absorbe ese costo? Ni la petrolera, ni la transportista: lo absorbe el consumidor final. El precio del tomate, el arroz o un medicamento lleva implícita la tarifa de ese combustible récord. La suba de la nafta no solo vacía el tanque del auto; vacía el "tanque" del presupuesto familiar al estrangular la capacidad de compra de cada peso.
Pruebas del sacrificio doméstico
La cadencia de aumentos de noviembre, impulsada por una combinación de actualización de impuestos (IFC) y la necesidad de las petroleras de acortar la brecha con el dólar CCL, funciona como un dispositivo de licuación salarial que reduce el ingreso disponible por una doble vía: el gasto directo y la inflación inducida.
Según datos recientes (como los que manejaría el Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA o el Instituto Argentino de Análisis Fiscal - IARAF), una familia promedio que dependa del auto para trabajar y que realice un consumo mínimo de 1,5 tanques al mes, ahora debe destinar entre un 15% y un 20% más de su salario solo a combustible que a inicios de año. Este sacrificio se roba la posibilidad de un gasto esencial: una hora de educación privada, una consulta médica o, simplemente, sumar proteínas a la dieta.
Una objeción común es que la suba es necesaria para reducir los subsidios y acercar el precio local al internacional (paridad de exportación). Sin embargo, este argumento omite la estructura impositiva local y el contexto salarial. En Argentina, la nafta incluye una pesada carga de impuestos (el Impuesto a la Transferencia de Combustibles y el Impuesto al Diésel y el Gas Natural) que, al ser un valor fijo actualizado, genera un aumento en cascada. La justificación de la paridad internacional se desdibuja cuando el salario no acompaña esa lógica.
Lo insólito
Lo verdaderamente insólito de este ciclo es la resignación colectiva ante la frecuencia del ajuste. El aumento de este 25 de noviembre es el cuarto del mes. Esto ya no es una "actualización", es una rutina económica de desgaste. Lo trascendental para el lector no es la cifra en sí, sino lo que esa cifra significa: la pérdida de la libertad de elección.
Un ciudadano de clase media que antes destinaba una porción manejable de su sueldo a moverse, ahora debe elegir: ¿Lleno el tanque o lleno el carrito del supermercado? La nafta, que debería ser un facilitador de progreso, se ha convertido en un limitador de la vida social y productiva. Es la crónica de un bolsillo en cuarentena, obligado a restringir movimientos por el costo de la energía.
La conclusión de este fenómeno no necesita ser escrita; se siente en el aire. La próxima vez que un lector vea un ticket de supermercado con un nuevo máximo histórico, solo necesitará mirar de reojo el precio del surtidor para entender dónde comenzó el efecto dominó.
¿Y ustedes que opinan?
